Hablar de razas y racismo es adentrarnos en un terreno de arenas movedizas. Si pisamos en falso, nos ahogamos sin remedio. Esta advertencia viene al caso, porque nuestras sociedades, surgidas de la violencia de la conquista y de la mezcla de razas, arrastran en mayor o menor grado el flagelo del racismo y de la exclusión del otro por el color de su piel. Y esto es particularmente sensible cuando nos toca abordar la presencia de los pueblos del África negra o subsahariana en nuestro continente. ¿Negros o afro-descendientes?

Si revisamos la historia, el término “negros” tiene su impronta y significado controversial: puede significar algo bueno o todo lo malo. En nuestra conformación nacional, el aporte de los negros africanos y sus descendientes ha creado escuelas y corrientes de pensamiento. En Venezuela, Juan Pablo Sojo, Miguel Acosta Saignes, Federico Brito Figueroa, Michaell Ascencio, Alfredo Chacón, Angelina Pollak-Eltz, Manuel Rodríguez Cárdenas, José Marcial Ramos Guédez, entre otros, señalan esos derroteros de los estudios afro-venezolanos en el pasado y en el presente, en arte, literatura, historia y ciencias sociales en general. Pero el tema sigue presente.

Es nuestra Constitución de 1999, la que incorpora dos conceptos de gran importancia en las políticas de Estado relacionadas con el tema racial: El carácter multiétnico y pluricultural de la sociedad venezolana y el derecho político a la igualdad sin discriminación. Sobre estos principios, la Asamblea Nacional aprobó en 2011, por primera vez en nuestro país, la Ley Orgánica contra la Discriminación Racial. En términos legales, se trata de un gran paso en contra de todas aquellas formas de discriminación, en especial, la racial, la cual se define, según este instrumento legal, como “toda distinción, exclusión, restricción, preferencia, acción u omisión, que fundadas en las ideologías racistas y por motivos de origen étnico, origen nacional o rasgos del fenotipo, tengan por objeto negar el reconocimiento, goce y ejercicio, en condiciones de igualdad de los derechos humanos y libertades de la persona o grupos de personas.”

La discriminación por el fenotipo es la que equivale al tratamiento que se la hace a la persona por el color de su piel, lo cual pone en debate el término histórico de negro y negritud. Por ello, paralelo a esta situación, es que nuevos términos como afrodescendencia han tomado carta de ciudadanía. “Ahora no somos negros, somos afro-descendientes”, me decía un poblador de Farriar en el Estado Yaracuy a propósito de la presentación de mi libro El negro Miguel y otros estudios de africanía. Pero, ¿no es este cambio de concepto, una expresión de racismo al revés?

En primer lugar, todos los humanos procedemos del África, somos afrodescendientes. Lo otro, es que hay dos Áfricas: un África de pueblos árabes, cuyo color de piel es blanca o aceitunada. Y un África localizada debajo del gran desierto de Sahara, de pueblos de piel negra. En ambos pueblos ha habido esclavitud. Ambas Áfricas comparten la religión musulmana. Lo que las diferencia a simple vista, es el fenotipo, el color de su piel. Pero lo que es si es totalmente cierto, es que la historia del mundo moderno, la historia de las economías levantadas sobre la colonización de América y la ocupación del África subsahariana para transformarla en cazadero de esclavos, ese mundo de los siglos XV al XXI, que es el nuestro, se levantó sobre la esclavitud de las poblaciones negras africanas. En ese sentido, Negro, esclavitud y discriminación se hicieron sinónimo. Allí es donde está la raíz del problema. No en el color de la piel que es algo natural.

Por ello es que cabe introducir en esta reflexión contra la discriminación racial, que la negritud es un movimiento inicialmente literario de afirmación del negro como ser humano que nació en la década de los años 30 en Francia y que luego se extendió al África, sirviendo de impulso intelectual a la independencia de muchos países africanos contra el dominio colonial europeo. Surgida del vocablo francés négritude, le correspondió al escritor haitiano Aimé Cesaire introducir el término en el número 3 de la revista L’étudiant noir (El estudiante negro), buscando con ellos reivindicar la identidad negra y su cultura frente a la cultura francesa dominante y opresora, que se servía de ella como instrumento en la administración colonial francesa. El concepto fue retomado, posteriormente por el líder político senegalés Léopold Sédar Senghor, que lo profundizó, oponiendo la razón helénica a la emoción negra. El término se proyecta aún más con la fundación, en 1947, de la revista Présence Africaine de modo simultáneo en Dakar y París. Es el filósofo Jean Paul Sartre, quien definirá la negritud como la negación de la negación del hombre negro. Rechazando la asimilación cultural del blanco, la negritud buscaba rescatar los valores de lo negro como cultura y civilización.

Tambor, poemas para negros y mulatos, de Manuel Rodríguez Cárdenas, publicada por la Asociación de Escritores de Venezuela en 1938, podría ser ubicada como una expresión de aquel espíritu de revuelta que significó la negritud contra el envilecimiento y desnaturalización de toda una parte de la Humanidad, que el colonialismo calificó peyorativamente de negros.

Andando el tiempo, el mismo término de negritud quedó en desuso, como bien lo señala el poeta y escritor Rene Depestre en su “Saludo y despedida de la negritud” aparecido en la obra colectiva África en América, que la editorial siglo XXI de México publicó, con el auspicio de la Unesco, en 1977, bajo la coordinación del historiador cubano Manuel Moreno Fraginals. Mientras tanto, el racismo seguirá su curso sino lo abatimos de nuestra mente con una educación de la tolerancia que cultive los valores de la diversidad y la diferencia entre los seres humanos como la fuente de su progreso y libertad. Ya lo dijo José Martí en 1888: “No hay odio de raza, porque no hay razas.” Ni racismo al derecho ni racismo al revés. Solo seres humanos.

Fuente: eluniversal.com