Categoría: cultura

Quinamayó, el pueblo del Valle donde la Navidad se celebra en febrero

Esta población afro del sur del Valle, en Colombia, conserva una costumbre que tiene más de 150 años de historia. El Niño Dios es negro, llega en febrero y el pueblo se reúne a celebrarlo. Historia de una tradición que las mujeres mayores sostienen y trasmiten a los más pequeños, a pesar de la presión que ejercen los nuevos géneros musicales.

Mirna ya es una matrona. Ella no lo sabe o tal vez sí lo perciba, pero prefiere hacerse la que no es con ella. Esta mujer tozuda que mira con franqueza tiene una sonrisa de esas que contagian y generan confianza. Ella es la matrona de Quinamayó, un pequeño pueblo del sur del Valle del Cauca que bordea los límites con el norte caucano.

En febrero, en este pueblo de negros y negras (como les gusta que les digan), no se mueve nada sin que Mirna lo decida. Mientras hablamos en el antejardín de su casa, a la entrada de Quinamayó, da órdenes, pide a los músicos agilidad, grita que si ya los niños se alistaron. “Donde están los ángeles, mijo”,  le pregunta a uno de los jóvenes que la acompaña. “Arreglate esa camisa que la tenés por fuera, ve”, le dice a uno de los chiquillos que pasa raudo por su lado. Mirna Rodríguez es la heredera de la tradición. Es la tercera mujer de una generación que se ha encargado de sostener en el tiempo el nacimiento del Niño Dios en febrero, una fiesta tan ancestral como Carmelina y Placeres Rodríguez, madre y abuela de Mirna, quienes le dejaron como legado conservar una tradición que se remonta 150 años atrás.

En medio del sudoroso ajetreo y con el sol quemando la espalda, Mirna hace una pausa y así cuenta por qué en Quinamayó la Navidad llega en febrero: “como estas eran grandes haciendas esclavistas, nuestros ancestros tenían que atender a sus amos en diciembre y no podían organizar sus fiestas. Entonces decidieron hacer sus festejos y cantarle al niño Dios cuando se cumplieran los 45 días de dieta de la Virgen María”.

Esta bella costumbre se ha mantenido a lo largo de un siglo sin mayores variaciones. Quinamayó es un pueblo de trabajadores de la tierra y también de mineros que parece haberse quedado detenido en el tiempo. Sus calles empedradas, los ranchos con solares largos y techos altos son una invitación a la memoria que no se quiere extraviar. Queda a una hora de Cali y a solo 20 kilómetros de Jamundí. Por estas fechas, Quinamayó se transforma en el punto de encuentro más importante de los alrededores. La fiesta se prolonga durante todo el fin de semana y llegan visitantes de Robles, Villa Paz, El Hormiguero, Navarro, San Antonio, Potrerito, y municipios cercanos con alta población afro que no quieren perderse la festividad.

Durante un mes, Mirna y su equipo han preparado a los niños, organizado a los músicos, definieron la madrina y el padrino del Niño Dios, escogieron a los soldados que resguardan al pequeño y ‘vistieron’ la Iglesia del pueblo con las mejores galas y luces de múltiples colores para que se note que estamos en Navidad.  

Mirna evoca que hubo un tiempo (dice que le duele la cabeza de tan solo recordarlo) en que la fiesta se acabó. Durante cinco años la Navidad no se celebró en febrero. Ella sentía que le estaba fallando a sus ancestros y fue cuando retomó la festividad y la organizó, primero en la cancha durante un día, pero la cosa se fue creciendo y las demás comunidades cercanas se unieron y hubo que ampliarla a viernes, sábado y domingo. “Entonces durante una fiesta vimos que la gente quedaba muy triste el último día y dijimos esto hay que llevarlo hasta el lunes para que la gente entierre su calabazo (guayabo)”. Entonces lo que comenzó con un día se prolongó en un interminable parrandón de 96 horas.

Holmes Larrohondo no desampara a Mirna, parece el hijo de ella. Este joven de 25 años es el director cultural de la festividad y la mano derecha de la matrona. Él tiene la misión de que los niños ejecuten armónicamente sus pasos, que las casas estén atildadas, los vestidos en su punto, que los músicos tengan los instrumentos afinados y que los muchachos intérpretes no se extravíen en la fiesta antes de comenzar a tocar.

Con los pies arrastraditos

Justo en ese momento es que comienza la gran fiesta. Pero esta no es la rumba tradicional de reggaeton, salsa y vallenato. Aquí el goce es con jugas, un ritmo ancestral de las comunidades negras del Sur del Valle y Norte del Cauca con el que los negros campesinos hacían las adoraciones al Niño Dios y podían, en tiempos de la esclavitud, liberar su tragedia a través de la música y el baile.

Por eso mientras suena una melodía contagiosa, plena de vientos y tambores, los músicos recogen a la cantaoras mayores para hacer los arrullos y alabaos para el Niño que está por nacer. No son otra cosa que un canto suave, hipnótico con el que se mima, se ama y se bendice la llegada de esa criatura salvadora del mundo.

Después de la improvisada fiesta callejera comienza un desfile que se prolonga por casi dos horas, tiempo en el que las cantaoras llevan el liderazgo.

Previamente, se han identificado las casas de donde saldrán los niños que han sido escogidos como ángeles, soldados, madrinas, María y José y las indias. Esa selección es todo un acontecimiento en el pueblo pues los niños tienen que tener buenas notas, haberse portado bien y, especialmente, saber bailar Juga. El momento cumbre es la llegada a la casa donde se encuentra el Niño Jesús negro. Hay baile, suenan los ‘cuetes’, el cielo se ilumina, los niños hacen sus pasos, los músicos tocan sin cesar y el pueblo está volcado en la casa que se ha escogido para el alumbramiento del Mesías. La comunidad está en éxtasis, pero lo que más sorprende es el absoluto respeto a la actividad. No hay licor, tampoco borrachos y menos palabras salidas de tono. Es una celebración religiosa, pero con la alegría propia de los pueblos afro.
 

De generación en generación
Manuel Sevilla, profesor de la Universidad Javeriana de Cali e investigador de temas sobre el patrimonio cultural y músicas tradicionales, explica esta especial celebración de mejor manera. “Las adoraciones del Niño Dios son manifestaciones culturales muy complejas, en el sentido de que tiene elementos que la componen que están presentes en numerosas regiones del sur del Valle y Norte del cauca, es una práctica cultural propia de comunidades campesinas negras asentadas en estas zonas planas. En su mayoría se formaron en torno a las haciendas esclavistas que después pasaron a ser de la agroindustria”.

“Ese niño quiere que lo arrulle yo Que lo arrulle su madre La que lo parió”. “A ro ro mi niño A ro ro mi Dios Duerme vida mía Duerme gran Señor”, entonan con su voz acompasada las cantaoras. “Los ritos religiosos eran una actividad propia de la Hacienda, el alabar al Niño Dios, a San José y a la Virgen María lo aprendieron las mujeres, allí recrearon las décimas, los romances los cuales dan origen a los cantos de Juga con los que se conmemora el nacimiento del Niño Dios en el norte del Cauca y sur del Valle”, explica el docente e investigador Carlos Alberto Velasco.

Justamente cuando acaban los arrullos se da paso a la Juga, una invitación a mover el cuerpo. Por eso decenas de espontáneos invaden a la calle principal y comienzan a danzar con los pies arrastrados y las manos atrás porque así bailaban los esclavos. “Como tenían cadenas en sus pies no podían expresarse con saltos y por eso el baile es ‘arrastradito’ y las manos atrás es por el respeto que se le tiene a la mujer”, explica Holmes mientras retumban las trompetas, las bombardinas y el clarinete.

En todo caso, no se puede desconocer que desde la religiosidad este evento es de gran importancia, así lo advierte el arzobispo de Cali, monseñor Darío de Jesús Monsalve, quien es un activo guardián de estas fiestas de adoración al niño Dios negro. El alto prelado explica que mantener estas tradiciones les permite entender a los habitantes de Quinamayó y de los pueblos cercanos: “Jesús es Dios hecho hombre también en los negros porque es negro y nace con los pueblos africanos de donde ellos proceden”, insistió.

Mientras termina su homilía y escucha los alabaos al niño Dios y la Virgen María, el Obispo señala a la población reunida cerca de la tarima principal y afirma elevando la voz que “este es un pueblo que ha sufrido mucho y lo que queremos con estas tradiciones es que el país supere esta situación de rechazo, injusticia y exclusión contra el pueblo afro”.

Después de darle la vuelta al pueblo, la fiesta termina precisamente en la tarima principal, donde un colorido pesebre espera al pequeño Mesías afro. Luego se prende de nuevo la fiesta, pero lo que suena es la Chirimía, las Jugas y los ritmos tradicionales. Lo que más asombra es ver a los más pequeñitos, de apenas dos años, bailando como expertos ese ritmo tan antiguo como los parajes verdes de Quinamayó. “Esto no se puede describir. Yo escucho una Juga y es como si un corrientazo me cogiera todo el cuerpo”, se anima a dar una explicación Arley Rodríguez, el profesor de música del pueblo y quien tiene la misión de transmitir la pasión por este ritmo tradicional a los niños y jóvenes. Reconoce que el reggaeton y el vallenato son fuertes contendores, pero rápidamente él mismo se responde que por eso en la escuela comienzan las enseñanzas para no dejar morir la Juga.

Mientras tanto, la emoción supera a Mirna y advierte a manera de reflexión que si los niños se contagian de la fiesta, la tradición está salvada. Ahora el pueblo tiene un nuevo sueño: convertir las fiestas de adoración al Niño Jesús de Quinamayó en patrimonio cultural de la humanidad. Mirna dice que tal vez ella no vea materializado ese sueño, pero no le importa porque mientras los niños mantengan la fiesta el legado está a salvo.

Fuente: https://semanarural.com

La africanía de lo jondo

Pastora Galván bailando el tango

Lo negro del subtítulo de («el influjo negro en la canción española») a lo subsahariano pero también a todas las culturas no oficiales que, según Auserón, pervivieron en España después de las conquistas y expulsiones, así como del arribo de migrantes, de finales de la Edad Media y el Renacimiento. Estudia el autor la evolución de la música y las danzas con marchamo africano, como la zarabanda o la chacona.

La primera es de origen negro y peninsular, según Auserón, en tanto que la segunda nacería en las Indias Occidentales y después se extendió por Europa. Lo cierto es que la primera noticia de la zarabanda, hasta ahora, la sitúa en México en 1566. La primera noticia peninsular, de 1583, se refiere a la prohibición que llevaron a cabo los señores Alcaldes de la Casa y Corte de su majestad. La fecha que da Auserón en esta obra como primera referencia escrita a la zarabanda es la de 1539, en un poema supuestamente escrito en Panamá por Fernando Guzmán Mexía, pero Rosa Navarro Durán demostró el carácter erróneo de esta cita, tanto en la referencia a la fecha como al lugar, cita que, no obstante, se ha repetido en numerosas ocasiones.

Y es que Auserón trata en todo momento en su obra de relativizar los documentos escritos, pese a ser las únicas informaciones al respecto que tenemos, y, por otra parte, el sostén de este trabajo, subrayando que la canción popular (y la danza) nació al margen de la cultura oficial que identifica con la escrita y con los teatros de la época, Renacimiento y Barroco.

Creo que esta división, que ha lastrado tantos estudios de la música y la danza popular, lastra también una parte de esta obra, fundamental, por otro lado, desde 2012, el año de su primera edición, en los estudios que nos ocupan.

Afirma Auserón en este sentido que «el laboratorio de formas musicales capaces de pasar de una etnia a otra y de saltar barreras sociales no está en los pliegos sueltos ni en los teatros». No lo creo: en los teatros, esto es, en los corrales de comedias, se representaba la vida de la calle, incluso de los ambientes más marginales, y son, en ocasiones, las únicas referencias que tenemos de la misma. A los corrales de comedias acudían todas las clases sociales y los había tanto en las grandes ciudades como en las medianas y pequeñas. Y la gente iba a verse representada, a identificarse con las costumbres, nada idealizadas, que reconocían en la escena.

Lo mismo podemos decir de la novela, por ejemplo la picaresca, o, incluso, de la poesía. En todo caso, son los medios, junto a las anotaciones musicales, que tenemos de llegar a la realidad de la poesía, la danza y el canto popular del periodo. Hay que decir, por tanto, que lo negro, lo moro, lo judío, lo gitano, etc., toman también su parte, en este periodo, de la cultura oficial. Y es que, por supuesto, las formas de control social del momento, aunque extremas (por bailar la zarabanda podías ir a galeras o sufrir doscientos azotes), estaban mucho menos extendidas que hoy día.

Por eso hay quien es capaz de interpretar toda o una parte de la cultura española o andaluza desde la perspectiva árabe, judía, gitana o, en los últimos tiempos, y en ese sentido esta obra fue pionera, negra. Si a esto unimos lo tradicional castellano, o lo tradicional aragonés, o lo tradicional vizcaíno, o lo tradicional gallego, además de lo francés, lo inglés y lo europeo en general, y lo americano, por no hablar de lo oriental (mantón de Manila, abanico, etc.) ya tenemos un mapa bastante completo de nuestro pasado, que es un mapamundi, claro. Sin alguno de estos territorios, el panorama estaría incompleto.

Portada del libro.

Y todas estas realidades convivieron, pacífica y violentamente, y nos construyeron. Negar una parte es negarnos. Pero, al cabo, un mapa siempre será un mapa. El territorio habremos de explorarlo por nosotros mismo. El mapa de Auserón puede ser de gran ayuda. Auserón conecta las «danzas cantadas», pues así eran llamadas en la época, del barroco con la realidad actual de la música popular, singularmente con el flamenco, al afirmar que «La amalgama del 6/8 y ¾ [que el autor identifica con la chacona] forma un periodo de doce corcheas comparable al que bulerías, soleares, alegrías y seguiriyas comparten con el universo rítmico africano». Y conecta estas músicas negras (zarabanda, chacona, que eran mestizas, en realidad) con un supuesto legado hispanomusulmán y judío anterior de manera que llega a afirmar que «los palos del flamenco (…) se gestaron en contacto con árabes y judíos andaluces, bereberes, judíos y esclavos negros.

Lo negro, como digo, está (mezclado) en la zarabanda, en la chacona y en otros estilos que podemos considerar, acaso, en el origen remoto de lo jondo, pero la el resto de referencias que introduce Auserón, y que estudia pormenorizadamente en esta obra, obedecen más al espíritu romántico de los estudios del flamenco que a cualquier evidencia histórica. En cuanto a realizaciones concretas, claro.

Otra cosa es que haya un sustrato, innegable. Incluso se retrotrae el autor al legado hispanorromano (no faltan a la consideración las famosas Puellae Gaditanae), quedando apenas el sustrato griego, que obviamente forma parte también de nuestra historia musical, coreográfica y literaria, acaso a través de las culturas romana y árabe, fuera de este estudio. Los creadores, anónimos, a los que alude el autor, siempre pertenecen a las «capas populares», quedando fuera de esta consideración los Lope, Quevedo, Cervantes o Juan de Arañés, quedarnos solo con algunos de los que cita el propio Auserón. Se trata de un clasismo a la inversa, bien intencionado, sin duda, pero con similares efectos a la postre.

Respecto del tango, Auserón señala la conexión con la country dance inglesa y nos da noticia de las dos vías que tradicionalmente se han ofrecido de la llegada de esta danza a Cuba, donde los negros habaneros pronto la hicieron suya, considerando que las dos vías no son incompatibles. La vía hispana, ternaria (Carpentier), y la anglosajona, binaria (Galán). De hecho, el primer tango anotado en España, de 1818, por un maestro de baile francés, Antonio Cayron, está en 3/8. Y sigue Auserón «los tangos que en Cuba son cosa de cabildo negro se refugian en los teatros españoles en forma de baile grotesco, gesticulante en exceso, que debió de parecer bien a los gitanos, sobre todo en Andalucía y en Madrid».

De hecho, tenemos a un gitano, Curro Dulce, bailando por tangos en el Teatro Principal de Jerez en 1867. antes que él, otros flamencos, tanto gitanos como no gitanos, lo cantaron: Francisco Pardo en 1848, Villegas en 1849 y, probablemente, en 1853 y Enrique Heredia en 1958, entre otros.

Fuente: Diario de Sevilla

Esclavos. Una subjetividad negada

En este libro se incorpora el enfoque interdisciplinario de la historia de la esclavitud, contemplando aspectos históricos, sociales, demográficos, museológicos, de la nueva arqueología histórica o arqueología patrimonial y de la genética de las poblaciones humanas, lo cual nos aproximará se entiende a un conocimiento más acabado y profundo de la esclavitud en estos territorios, el cual se revela hoy aún insuficiente en el cometido de saldar una deuda pendiente a la contribución africana en la configuración de nuestra identidad. El objetivo general que ha alentado esta investigación consiste en analizar, desde una perspectiva interdisciplinar, crítica y analítica las dinámicas de la esclavitud en toda su complejidad en territorios periféricos seleccionados de la antigua Monarquía hispánica entre los siglos XVII y XIX contribuyendo al reconocimiento de los aportes del elemento africano en la construcción de la cultura y etnia latinoamericana.

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Máscara: legado africano, influencia e identidad cultural en el Caribe

Compartimos con ustedes este artículo publicado en la página web del Museo de Arte de Puerto Rico que habla acerca de la máscara como legado de los esclavizados africanos que fueron traídos a nuestra América. Este aporte  aún está vigente.

La máscara en el contexto caribeño utiliza elementos de la tradición africana. La relación entre África y América está marcada por la antigua costumbre del uso de esclavos africanos para trabajar en la agricultura. SegúnYolanda Wood la máscara llegó a América de manera silenciosa. Vino en la memoria de los esclavos traídos a trabajar en las plantaciones caribeñas. Los africanos, frente al trato cruel, las exigencias impuestas por un duro trabajo y la unión con la cultura española, crearon rituales secretos y clandestinos. Algunos de estos rituales fueron de carácter religioso y otros festivos. En estas celebraciones la máscara pasó a ser para el africano un mecanismo que le permitió expresar su cultura… Leer más

 

Estudiantes exaltan nuestra afrodescendencia mediante la cultura

Con el nombre África y Venezuela «Una sola patria» el Ministerio del Poder Popular para la Educación (MPPE) de Venezuela realizó la apertura de la II Muestra Cultural, en la cual estudiantes de distintas escuelas de los estados Miranda, Aragua, Vargas y Distrito Capital mostraron su destreza en las artes plásticas mediante 60 pinturas libres que representan un pedazo del continente negro.

«La experiencia de esta exposición artística consiste en darle a conocer a los niños y niñas de nuestro país la verdadera historia de las tierras africanas y borrar de la memoria del pueblo las letras escritas por los imperios colonialistas, sobre esta maravillosa tierra», dijo Pedro Vicente Rodríguez, viceministro de Participación y Apoyo Académico del ente educativo.

Asimismo, agradeció la presencia de los embajadores de las Repúblicas de Argelia, Egipto, Gambia, Libia, Nigeria, Sudáfrica, Saharaui y Guinea Ecuatorial. Destacó que con este lazo de hermandad entre Venezuela y África se redime a la  afrodescendencia de la nación.

Rodríguez expresó que actividades similares se estarán realizando hasta el mes de diciembre en las entidades del interior del país, con la finalidad de arropar con esta iniciativa a todos los infantes del país.

Cabe destacar que esta entrega cultural estará siendo expuesta hasta el día 27 de octubre de 2010, en la Planta Baja de la sede central del MPPE.

Fuente: MPPE

Los palenqueros recuerdan las tradiciones africanas en su Festival de Tambores

Al ritmo de un tambor centenares de palenqueros mueven sus caderas en el XXV Festival de Tambores que se celebra en San Basilio de Palenque, en el norte de Colombia, evocando las tradiciones de sus ancestros africanos traídos a América como esclavos.

El Festival de Tambores de Palenque se creó para rescatar y preservar la cultura y las tradiciones de estos afrodescendientes que desde el siglo XVI se asentaron en este pequeño poblado ubicado en los Montes de María, a unos cincuenta kilómetros de la ciudad de Cartagena.

A esa zona huyeron para librarse de la esclavitud a la que eran sometidos.

Allí se mantuvieron aislados del mundo exterior hasta ya entrado el siglo XX, lo que les permitió conservar casi intactos sus rituales y su lengua palenquera, que es un criollo de base léxica española que mantiene características morfosintácticas del bantú africano.

«El tambor es una herramienta de comunicación, sus ritmos nos permiten remontarnos a nuestros ancestros y a nuestro pasado, el tambor le permite a uno escuchar el clamor de aquellos que fueron traídos de África en situación de esclavizados», dijo a Efe la líder política de San Basilio de Palenque, Kairen Gutiérrez.

Cuando un palenquero escucha un tambor ese sonido invade todo su cuerpo y «su ser genera ritmos muchas veces desconocidos», aseguró Gutiérrez.

El médico tradicional y promotor cultural de Palenque, Manuel Pérez, indicó a Efe que el tambor es un medio de comunicación que sirvió para la defensa y la protección de la población.

Cuando eran «fugitivos de la opresión del europeo se colocaban hombres alrededor de Palenque en los sitios altos de las montañas para avisar con sus tambores sobre la presencia del Capuchichi Manga (forastero blanco en español)», relató.

Sin embargo, ahora el tambor representa la alegría, el ritual y está presente en todos los momentos de la vida de los palenqueros y «nos habla -subrayó Pérez- en las fiestas, en los anuncios y en los ritos de la muerte».

El lumbalú es una danza fúnebre en la que a ritmo de tambores, hombres y mujeres con profundo dolor honran y lloran a sus muertos.

Se trata del «camino para desplazarnos de este mundo» al otro, donde «todos somos iguales», explicó Pérez.

El espacio cultural de San Basilio de Palenque, donde la riqueza contrasta con la extrema pobreza de sus 2.500 habitantes que carecen de los servicios básicos, fue declaro por la UNESCO como obra maestra del Patrimonio de la Humanidad en 2005.

Junto con el tambor, la lengua palenquera representa el factor más importante de cohesión para esta población que la mantiene viva y se niega a perderla, pues en ella encuentran y se fortalece su identidad como primer pueblo afrodescendiente libre de América.

Gutiérrez aseguró que fue la lengua palenquera la que les permitió comunicarse cuando se les negó el derecho a hablar y a relacionarse y por ello «hoy -dijo- nos hace diferentes y nos recuerda a nuestros ancestros africanos y los legados lingüísticos que estos nos dejaron».

«Significa recrear las tradiciones y la identidad cultural de San Basilio de Palenque, encontrarse con uno mismo, ya que cuando hablamos en español nos sentimos hablando como los otros y no como nosotros», puntualizó Gutiérrez.

Pérez recuerda además que San Basilio fue la comunidad que más se resistió a cambiar culturalmente, se mantuva hermética, lo que posibilitó que se preservara la tradición y la herencia africana reflejada en la lengua.

«Hablar en lengua palenquera nos permite ser más felices. No es lo mismo enamorar a una muchacha en nuestra lengua que hacerlo en español, en lengua palenquera jamás te rechazan», añadió.

El promotor cultural de Palenque no dudó en señalar que nunca debieron haber aprendido el español y así cuando la gente visitase ahora a esa humilde comunidad necesitaría de «intérpretes para comunicarse».

Fuentes: Yahoo Noticias/EFE

Celebración de San Juan resalta la afrovenezolanidad

En el marco de los viernes de Ambiente y Tradición en la Toma de la Plaza Caracas, el Ministerio del Poder Popular para el Ambiente (Minamb) presentará esta semana la Fiesta de San Juan, festividad popular-religiosa practicada, principalmente, en las costas venezolanas.

Este evento contará con la participación de Danzas Tacarigua, grupo fundado en 1999 en Barlovento (Miranda), quienes al ritmo de tambores y bailes honrarán al santo en una muestra de la identidad cultural de nuestro país.

La fiesta de San Juan Bautista forma parte del llamado sincretismo cultural, donde se mezclan actividades de la religión católica con rituales propios de la cultura afroamericana. Esta manifestación se celebra entre el 23 y el 25 de junio de cada año para rendir homenaje a este santo al que se le atribuyen poderes curativos, abundancia en las cosechas, como reza la frase popular: “Si San Juan lo tiene, San Juan to’ lo da”.

Esta actividad está enmarcada en la Toma de Plaza Caracas, organizada desde hace mes y medio por los organismos públicos que hacen vida en los alrededores del lugar, como los ministerios del Poder Popular para la Salud, Ambiente, Cultura, Trabajo y Seguridad Social, en la cual realizan jornadas informativas, recreativas, ambientales y de atención social que promueven la interacción de las instituciones con el pueblo.

El Gobierno Bolivariano ha realizado esfuerzos para rescatar nuestra cultura afrodescendiente, dando espacios de participación a nuestros ancestros tal como lo establece la Constitución Bolivariana que reconoce a las venezolanas y los venezolanos de origen africano y sus raíces étnicas como forma de lucha contra el racismo en nuestro país.
 

Fuente: YVKE Mundial

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